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martes, 17 de febrero de 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN DE LA XXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2015 Sapientia cordis.

 «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (Jb 29,15) Queridos hermanos y hermanas: Con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, me dirijo a vosotros que lleváis el peso de la enfermedad y de diferentes modos estáis unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a vosotros, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario. El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29,15). Quisiera hacerlo en la perspectiva de la sapientia cordis, la sabiduría del corazón. 1. Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Antes bien, como la describe Santiago en su Carta, es «pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía» (3,17). Por tanto, es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. De manera que, hagamos nuestra la invocación del Salmo: «¡A contar nuestros días enséñanos / para que entre la sabiduría en nuestro corazón!» (Sal 90,12). En esta sapientia cordis, que es don de Dios, podemos resumir los frutos de la Jornada Mundial del Enfermo. 2. Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda (vv.12-13). Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia. 3. Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Jesús mismo ha dicho: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas. 4. Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Por esto, quisiera recordar una vez más «la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el otro” como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan «la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (ibíd.). 5. Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo. La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb2,13). Pero los amigos de Job escondían dentro de sí un juicio negativo sobre él: pensaban que su desventura era el castigo de Dios por una culpa suya. La caridad verdadera, en cambio, es participación que no juzga, que no pretende convertir al otro; es libre de aquella falsa humildad que en el fondo busca la aprobación y se complace del bien hecho. La experiencia de Job encuentra su respuesta auténtica sólo en la Cruz de Jesús, acto supremo de solidaridad de Dios con nosotros, totalmente gratuito, totalmente misericordioso. Y esta respuesta de amor al drama del dolor humano, especialmente del dolor inocente, permanece para siempre impregnada en el cuerpo de Cristo resucitado, en sus llagas gloriosas, que son escándalo para la fe pero también son verificación de la fe (Cf. Homilía con ocasión de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, 27 de abril de 2014). También cuando la enfermedad, la soledad y la incapacidad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia del dolor puede ser lugar privilegiado de la transmisión de la gracia y fuente para lograr y reforzar la sapientia cordis. Se comprende así cómo Job, al final de su experiencia, dirigiéndose a Dios puede afirmar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (42,5). De igual modo, las personas sumidas en el misterio del sufrimiento y del dolor, acogido en la fe, pueden volverse testigos vivientes de una fe que permite habitar el mismo sufrimiento, aunque con su inteligencia el hombre no sea capaz de comprenderlo hasta el fondo. 6. Confío esta Jornada Mundial del Enfermo a la protección materna de María, que ha acogido en su seno y ha generado la Sabiduría encarnada, Jesucristo, nuestro Señor. Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón. Acompaño esta súplica por todos vosotros con la Bendición Apostólica. Vaticano, 30 de diciembre de 2014 Memorial de San Francisco Javier FRANCISCUS

martes, 20 de enero de 2015

Construir la Paz


Construir la Paz
Eje transversal de la acción Pastoral
Hacer de la paz el eje transversal de nuestra acción pastoral significa que desde
cada plataforma eclesial se ha de favorecer la organicidad y la mutua
complementariedad de las labores pastorales en comunión y participación para
construir la paz.
La transversalidad es una herramienta que nos impulsa a una pastoral integral y
que implica la interdisciplinariedad de los saberes, pero, ante todos el compromiso
coherente con la vida, el ser humano y la sociedad, así nos invitan los obispos de
México a través de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, en el documento
“Directrices para la Dimensión de Justicia, Paz y Reconciliación, Fe y Política en
México”.
Los obispos continúan la reflexión en los números 66 al 73:
Designar el tema de Construcción de paz, como eje transversal de la Pastoral de la
Iglesia, es porque constituye una respuesta a los problemas coyunturales de
trascendencia que afectan a la sociedad y a la naturaleza que le demanda una
atención prioritaria y permanente; como tal, se plasma fundamentalmente en
valores y actitudes, contribuyendo así en la formación de personas autónomas,
capaces de enjuiciar críticamente la realidad y participar en su mejoramiento y
transformación.
Por Construcción de paz se comprende el conjunto de iniciativas, esfuerzos y
procesos que a largo plazo buscan la construcción de sociedades y comunidades
pacíficas y estables, con bases sólidas y de prevención, abordando las causas
estructurales de los conflictos violentos; y desde una perspectiva eclesial, se
vincula a dos temas centrales: las relaciones y la participación.
La Construcción de la paz requiere de una fundamentación teológica, moral y de
una espiritualidad comunitaria. Promueve la evangelización integral incluida
dentro de la pastoral de conjunto. “Ser una Iglesia en salida, como comunidad de
discípulos y misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que
fructifican y festejan; a ejemplo de Jesús el Señor que tomó la iniciativa, la ha
primereado en el amor (Cf. 1,Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la
iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los
caminos para invitar a los excluidos”.
Es responsabilidad de todos los cristianos y debe estar dirigida a todas las
personas, especialmente a quienes han sido víctimas de las distintas formas de
violencia y a los que están más directamente implicados en el proceso de paz en
orden a la construcción de una sociedad justa y fraterna, libre y solidaria. Todo
agente y toda acción pastoral tiene una dimensión y responsabilidad propias,
sustentada con una formación específica en orden a generar procesos de paz. Tiene una insoslayable dimensión política, aunque “la comunidad política y la
Iglesia son independientes y autónomas. Ambas están al servicio de la vocación
personal y social del hombre”. En consecuencia, “es de justicia que pueda la Iglesia
predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su Doctrina Social... [] y dar su juicio
moral, incluso sobre materias referentes al orden político cuando lo exijan los
derechos fundamentales de la persona o la salvación”, de esta forma consolida la
paz en la humanidad.
En la Construcción de la Paz, compete a los laicos “la tarea y el dinamismo secular”
y a los pastores, todos ellos ministros de unidad, compete la tarea de iluminar y
acompañar leal y evangélicamente el compromiso secular de los laicos.
Es a partir de un estudio y análisis serio y objetivo de la realidad que la Pastoral
puede elaborar sus programas que respondan coherentemente al diagnóstico de la
misma, por lo que deberá tener en cuenta todos los ámbitos: político, económico,
social y cultural. Todo análisis de la realidad permite a los agentes de pastoral y a
los interlocutores de la acción tener conocimiento y comprensión de su contexto lo
más entendible posible con el fin de identificar y discernir el paso de Dios por la
vida de su comunidad y determinar las estrategias a favor del proyecto de Dios en
las realidades concretas en la salvaguarda de la dignidad de toda persona y
consolidación del Bien Común.
Con la pedagogía de la paz la Iglesia educa a la comunidad cristiana en la
metodología de confrontar e iluminar la realidad con el Evangelio y su Doctrina
Social; la cual tiene una doble tarea: deslegitimar toda forma de violencia y educar
a hombres y mujeres para que asimilen las convicciones, actitudes y
comportamientos fundamentales para una cultura de la paz; generando procesos
de diálogo, convivencia, tolerancia y reconciliación.
Con estas palabras los obispos nos invitan a todos los agentes de pastoral,
sacerdotes y laicos, a empeñarnos en construir la paz desde nuestra acción
pastoral concreta.
Si deseas profundizar en la reflexión del documento de los obispos y tienes acceso
a Internet, puedes descargar el documento completo en formato PDF totalmente
gratis escribiendo en tu computador el siguiente link:
http://caritasmexicana.org/documentos/ceps/DirectricesJusticiayPaz.pdf

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Septiembre...¡mes de la patria!



Mons. Rogelio Cabrera López
Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey

Al iniciar el mes en el que festejamos los acontecimientos que derivaron en la independencia de nuestro país, quiero invitar a la comunidad para que reflexionemos en la importancia de mantener vivos los ideales por los que nuestros antepasados lucharon y que, con el tiempo, se han ido olvidando, quedando sólo en un recuerdo, en ocasiones vago, de lo que motivó a luchar por hacer de nuestra nación un país libre.

Ciertamente fueron 11 años de lucha armada, que dejaron a muchas familias en el desamparo y que en ningún momento quisiéramos que se repitiera, pero es importante reconocer que esta lucha se suscitó debido a que ellos se sentían oprimidos y, hasta cierto punto, esclavizados, por lo que es necesario que, al hacer una reflexión de la historia, nos demos cuenta de que muchas de las situaciones del ayer, se siguen haciendo presentes hoy, tal vez no de la misma forma, pero sí con la misma esencia.

Reconozco que en nuestro país se siguen realizando grandes esfuerzos para que se viva esa la libertad tan anhelada, pero, desafortunadamente, muchos no han querido comprender su verdadero significado, y se siguen empeñando en limitar uno de los derechos humanos más grandes, que ni el mismo Dios restringe: la libertad.

Es necesario que tomemos conciencia del compromiso moral que tenemos como nación y que no es exclusivo de unos cuantos. Todos los que habitamos este país, debemos esforzarnos por retomar los valores universales, haciéndolos realidad en nuestro diario vivir.

Es necesario que salgamos del egoísmo absurdo que tanto daña el crecimiento de las personas y, por consecuencia, de la nación en general, y nos dispongamos a vivir la auténtica solidaridad con nuestro prójimo.

Mientras sigamos combatiendo unos contra otros, queriendo imponer nuestra voluntad a costa de lo que sea, sin importar a quien nos llevemos de encuentro, nunca lograremos el auténtico desarrollo social, que sigue siendo un anhelo en el corazón de muchos.


Invito para que, en la vivencia de una verdadera comunión, todos los niveles de la sociedad, cada quien desde su campo de acción, siempre respetando las acciones a favor del bien común, nos dispongamos a retomar los ideales que nos han dado esta Patria, siempre noble y generosa, en la que vivimos.